No recuerdo cuándo fue la última vez que tomé vacaciones. A estas alturas el destino es lo de menos al igual que la época, por eso estoy en la playa donde la temperatura es adecuada en cualquier día del año.
Confieso que no conté con que podría haber mal tiempo y hace aire, tengo que sostener mi sombrero de palma para no perderlo mientras la ligerísima bata de seda ondea sus colores verde olivo y café, mis favoritos, como lo hace una bandera; la seda es mera vanidad cuando se trata de consentir la piel como una caricia, pero no puede protegerme del frío.
Soy la única. Posiblemente porque el mar está picado y lo agradezco creyéndome parte del paisaje, como una pintura de Monet cuyas pinceladas funden mi castaña cabellera con el cielo y desdibujan mis huellas en la arena. Quisiera haber traído la cámara, pero todo fue tan de improviso que apenas si cargué con las sandalias y los lentes de sol.
Cuando el aire se detiene observo las miles de perforaciones diminutas en la arena y me hinco para comenzar a cavar absolutamente abstraída. Esta quietud es ideal para echar a andar mis pensamientos. —¡Ay, mi sombrero ha salido disparado sin que yo pueda detenerlo! Y cuando intento ponerme en pie un cangrejo agazapado en la arena me ha pillado distraída. Cierra sus pinzas sobre uno de mis dedos. Intento levantarme, apoyarme con la otra mano pero no la puedo mover y grito.
Sus pinzas se clavan en mi dedo, me corta la circulación, siento el palpitar en la falange que se apodera del resto de la mano y sube por el brazo hasta que retumba como tambor dentro de mis oídos, duele, duele tanto.
Lucho, me resisto pero no me puedo soltar y mientras más lo intento el cangrejo sigue presionando, moviéndose como una sierra que cercena mi piel hasta que se apiada y me deja libre envuelta en una oleada de obscuridad y miedo.
Cuando se aleja, golpetea sus pinzas para que recuerde lo que pasó y veo mi mano ensangrentada.
Ya puedo levantarme y con la mirada busco a mi alrededor, olvidaba que estaba sola y la sangre no se detiene, corro al mar para sumergirla en la orilla. Me duele la cabeza, siento náuseas y miedo.
Olvidado aquel episodio bochornoso me decido a disfrutar de mis vacaciones.
La paso de maravilla; a veces quisiera comer pero todo se compensa con mi estancia, inmersa en esta agradable soledad olvido de inmediato que mi estómago me reclama y me pierdo el día entero, mojo mis pies en la orilla pues casi siempre el mar está picado y hago largas caminatas hasta la escollera y devuelvo el camino hasta acabar rendida, entonces me tumbo en la arena y permito que se meta por todo mi cuerpo dándome piquetitos hasta que el viento arrecia y ya no son agradables.
Hoy hace un lindo día, veo un par de gaviotas, vuelan sobre mi cabeza dando vueltas, eligen el mejor lugar donde empinarse y obtener una buena pesca, se apartan, engullen y vuelven a volar. Me siento libre, conectada con la naturaleza, despreocupada.
No sé cómo una de las gaviotas yerra el camino y se precipita sobre mí, pongo las manos sobre la cabeza y su puntiagudo pico se clava varias veces sobre mi mano avivando la herida.
No entiendo cómo es que he tenido tan mala suerte si nunca fui una mujer accidentada ¿Será que es por esta playa tan sola? En lo sucesivo viajaré a otros lugares más transitados.
Esta vez no me envuelve la incertidumbre ni el miedo, sé que hacer, cómo actuar, la herida sanará pronto, para eso está el mar… aún así debo ser cuidadosa y no permitirme semejantes descuidos.
Descanso, he estado asoleándome toda la tarde y mi piel pálida comienza a tomar ese color dorado que tanto me agrada, podría pasar toda la vida así, sin más sonido que el vaivén de las olas cuando revientan en las rocas; no recuerdo haber tenido una paz igual nunca y me dispongo a dormir con el ocaso, mañana no me voy a preocupar por el recibo de la luz vencido o el pago del teléfono, si se quedó la cocina sin asear o si el vecino volvió a estacionar su auto en mi entrada hasta las dos. Hoy voy a dormir a pierna suelta sin soñar en nada.
—¡Despiértate pendeja que ya te cargó la chingada!
La playa desaparece, no así la oscuridad.
—Parece que no le interesas a nadie ¡No pagaron tu rescate!
Me levanta de un jalón, no me puedo apoyar con las manos atadas tras la espalda y mis piernas no responden a la primera después de permanecer tanto tiempo hincada.
Me hace avanzar trastabillando. Huele distinto. A lo lejos escucho la sierra eléctrica que es accionada y me pienso tumbada en el sillón azul y la bata blanca de mi dentista que me asegura que no dolerá nada, como siempre, pero bueno, esa podría haber sido otra buena historia, ahora estoy de viaje, hundiendo los pies en la arena al tiempo que mojo mis dedos “completos” en el agua salada de ese mar cristalino siempre frío; mientras mis captores se refieren a mí como el constante dolor de cabeza.
—¿A dónde van los muertos? —Me pregunta uno de ellos en son de burla.
—Al mar no, te lo aseguro —Le dice el otro doblándome por última vez hacia el frente, pero yo ya estoy lejos, he descubierto un pez enorme de múltiples colores que pasa por el arco de mis piernas y se aleja mientras le sigo.


