lunes, 9 de enero de 2012

LAS BESTIAS


Nos hacía falta reír, reír mucho. Estábamos encorvados, agazapados en un rincón, apenas iluminados con un tenue halo de luz que se colaba por la puerta metálica desvencijada. El viento jugaba con las hendiduras haciendo aullar la puerta y nosotros tiritando de frío y miedo; desnudos y hambrientos; prófugos de la cordura.
Nos ocultábamos en el hueco de la escalera de una vieja fábrica que tenía “siglos” sin funcionar, como todo lo que se encontraba en el mundo, al menos el mundo que conocíamos, porque después de la explosión ningún aparato volvió a funcionar, dejándonos incomunicados.
La gente comenzó a marcharse, primero en desbandada, luego inconscientemente formaron grupos grandes hasta que descubrieron que era más seguro mantenerse alejados de las multitudes y se formaron las parejas.
Muy pronto comprendimos que “todos” se estaban moviendo, emigrando a quien sabe dónde con la esperanza de escapar de la oscuridad y entre ese grupo comenzaron a aparecer “cosas” que jamás habíamos visto, ellos no le temían a la oscuridad, ni dependían de la civilización, ni nada que el hombre hubiera hecho en un momento, ellos se acomodaban en cualquier sitio simplemente a esperar mientras nosotros ingenuamente les aparecíamos enfrente; no teníamos el olfato desarrollado, no éramos buenos cazadores, ni podíamos distinguir entre las sombras los objetos inanimados de los que no lo son, por eso desde el principio mermaron a la población y nos redujeron a unos cuantos que intentábamos llegar a la ciudad, o lo que quedaba de ella porque creíamos que ahí la situación debía estar controlada, de alguna manera tendrían luz.
—Van a venir —nos decíamos jadeantes y la certeza nos paralizaba las piernas acuclilladas. Ya eran las nueve de la noche, la hora en que las bestias se disponían a cazar y esta vez la presa éramos nosotros, cualquiera de los dos, el que no huyera primero o que el miedo a morir lo paralice.
Observo mi cuerpo cenizo y rígido, con el abdomen hundido y el pellejo pegado a los huesos, no puedo correr, si hay que hacerlo no voy a correr…
—Ahí vienen —lo dice en medio de ese grito ahogado, la palabra “corre” está implícita en su miedo y sale despavorido atravesando por esa pequeña hendidura de la puerta desvencijada; antes de la explosión nadie podría haber pasado por un espacio tan reducido, pero ahora se puede, él puede.
Yo no me muevo y no es porque me detenga los latidos de mi corazón intentando salírseme por la boca, porque no lo siento, es esa pesadez que anticipa al sueño lo que me obliga a ver la hendidura como algo difuso y lejano, posiblemente no se dio cuenta que no lo sigo y es seguro que no lo descubra nunca.
Antes de quedarme dormida escucho el alboroto, el golpe de la tierra con cada pisada poderosa de las bestias que buscan acorralarlo de una vez para caerle encima y distingo las suyas, débiles e inseguras, la respiración penosa atravesándole los pulmones como frías cuchillas, anticipándole el dolor que se le avecina: grita, grita mucho y eso que a nosotros nos hacía tanta falta reír.

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