Me fueron enterrando de a poquitos, de todos modos decía yo, uno nace siempre para morir ¿pero en pedazos? Así no me lo imaginaba.
¿Cómo le iba a explicar a la virgencita milagrosa que este año no iba a subir el cerro para verla como bien se lo había prometido? Si de opinión en opinión se me llenó la pila de años.
Primero se me ennegrecieron los dedos y de éstos el pie, al principio creí que lo tenía, hasta sentía comezón, luego vi como la pantorrilla se salpicaba de tan temibles colores que terminaban por llagar la piel. No bien había pasado el año cuando debían cortar hasta la rodilla y luego ¿Para qué medio muslo? Aún así me empeciné a usar la muleta para todo y a manotear a cualquiera que intentase ayudarme con aquella frasecita: Don Benigno déjese ayudar que para eso lo acompaño.
De las miradas de comprensión pasaron a las compasivas y luego esa muda indiferencia de aquellos que se horrorizaban con el espectáculo porque apenas me venía haciendo a la idea de andar de a brinquitos cuando supe que la pérdida de la otra pierna sería inminente y de tajo, no con aquellos dolorosos miramientos con que mutilaron la primera.
Fueron pocos los que nos acompañaron en este lecho doloroso, los que se dijeron mis amigos, los otros preguntaban a mis hijas cómo la estaba pasando cuando creían que tomaba la siesta y se negaban con pretextos para evitar saludarme ¡qué bueno! Yo no quería tampoco verlos.
Los doctores aseguraron que no había mejor remedio que una silla de ruedas, canijos hombres de ciudad que no saben que el pueblo está enclavado en lo alto del cerro.
Mutilado y todo sigo siendo el hombre de la casa, entonces me arrastro porque estoy decidido a que nadie tenga que lidiar conmigo.
—¿Qué hace papá? —me alcanza a gritar mi chamaca cuando me ve haciendo un esfuerzo patético por alcanzar la pistola y la aparta creyendo hacerle un favor a su pobre viejo que pretende quitarse la vida.
—¡Dámela Carmela, no te metas en esto!
—¡Lo está haciendo parecer como una tragedia cuando en realidad no es nada de eso, a usted nunca le hicieron falta las piernas, si de ningún modo quiso moverse de aquí!
—Nunca lo había considerado porque no sentí necesidad. Uno tiene todo el cuerpo porque todo lo usa y ya, pero Carmela que es tan testaruda como yo me mira con coraje, negándose completamente a que acabemos cualquiera de los dos con mi existencia.
—Entonces reflexiono sus palabras ¿para qué me sirvieron las piernas si jamás quise salir de este pueblo? Es cierto. Oportunidades hubo muchas y yo siempre dije que no, ¿por qué? Simplemente porque no.
—Como cuando mi mujer, hastiada de tanta miseria, me suplicó durante meses que nos fuéramos a la ciudad donde se vivía mejor y luego aquella mañana cuando me dijo llorando que se iba y caminó despacito, despacito por la vereda mientras con el corazón partido la veíamos hacerse como un manchoncito desdibujado ante mis ojos que ya le extrañaban y no salí tras ella corriendo como un desquiciado porque tenía aquellas piernas que parecían amputadas mucho antes de perderlas.

