martes, 17 de enero de 2012

CUANDO MIS PIERNAS SE HAYA IDO


Me fueron enterrando de a poquitos, de todos modos decía yo, uno nace siempre para morir ¿pero en pedazos? Así no me lo imaginaba.
¿Cómo le iba a explicar a la virgencita milagrosa que este año no iba a subir el cerro para verla como bien se lo había prometido? Si de opinión en opinión se me llenó la pila de años.
Primero se me ennegrecieron los dedos y de éstos el pie, al principio creí que lo tenía, hasta sentía comezón, luego vi como la pantorrilla se salpicaba de tan temibles colores que terminaban por llagar la piel. No bien había pasado el año cuando debían cortar hasta la rodilla y luego ¿Para qué medio muslo? Aún así me empeciné a usar la muleta para todo y a manotear a cualquiera que intentase ayudarme con aquella frasecita: Don Benigno déjese ayudar que para eso lo acompaño.
De las miradas de comprensión pasaron a las compasivas y luego esa muda indiferencia de aquellos que se horrorizaban con el espectáculo porque apenas me venía haciendo a la idea de andar de a brinquitos cuando supe que la pérdida de la otra pierna sería inminente y de tajo, no con aquellos dolorosos miramientos con que mutilaron la primera.
Fueron pocos los que nos acompañaron en este lecho doloroso, los que se dijeron mis amigos, los otros preguntaban a mis hijas cómo la estaba pasando cuando creían que tomaba la siesta y se negaban con pretextos para evitar saludarme ¡qué bueno! Yo no quería tampoco verlos.
Los doctores aseguraron que no había mejor remedio que una silla de ruedas, canijos hombres de ciudad que no saben que el pueblo está enclavado en lo alto del cerro.
Mutilado y todo sigo siendo el hombre de la casa, entonces me arrastro porque estoy decidido a que nadie tenga que lidiar conmigo.
—¿Qué hace papá? —me alcanza a gritar mi chamaca cuando me ve haciendo un esfuerzo patético por alcanzar la pistola y la aparta creyendo hacerle un favor a su pobre viejo que pretende quitarse la vida.
—¡Dámela Carmela, no te metas en esto!
—¡Lo está haciendo parecer como una tragedia cuando en realidad no es nada de eso, a usted nunca le hicieron falta las piernas, si de ningún modo quiso moverse de aquí!
—Nunca lo había considerado porque no sentí necesidad. Uno tiene todo el cuerpo porque todo lo usa y ya, pero Carmela que es tan testaruda como yo me mira con coraje, negándose completamente a que acabemos cualquiera de los dos con mi existencia.
—Entonces reflexiono sus palabras ¿para qué me sirvieron las piernas si jamás quise salir de este pueblo? Es cierto. Oportunidades hubo muchas y yo siempre dije que no, ¿por qué? Simplemente porque no.
—Como cuando mi mujer, hastiada de tanta miseria, me suplicó durante meses que nos fuéramos a la ciudad donde se vivía mejor y luego aquella mañana cuando me dijo llorando que se iba y caminó despacito, despacito por la vereda mientras con el corazón partido la veíamos hacerse como un manchoncito desdibujado ante mis ojos que ya le extrañaban y no salí tras ella corriendo como un desquiciado porque tenía aquellas piernas que parecían amputadas mucho antes de perderlas.

lunes, 9 de enero de 2012

LAS BESTIAS


Nos hacía falta reír, reír mucho. Estábamos encorvados, agazapados en un rincón, apenas iluminados con un tenue halo de luz que se colaba por la puerta metálica desvencijada. El viento jugaba con las hendiduras haciendo aullar la puerta y nosotros tiritando de frío y miedo; desnudos y hambrientos; prófugos de la cordura.
Nos ocultábamos en el hueco de la escalera de una vieja fábrica que tenía “siglos” sin funcionar, como todo lo que se encontraba en el mundo, al menos el mundo que conocíamos, porque después de la explosión ningún aparato volvió a funcionar, dejándonos incomunicados.
La gente comenzó a marcharse, primero en desbandada, luego inconscientemente formaron grupos grandes hasta que descubrieron que era más seguro mantenerse alejados de las multitudes y se formaron las parejas.
Muy pronto comprendimos que “todos” se estaban moviendo, emigrando a quien sabe dónde con la esperanza de escapar de la oscuridad y entre ese grupo comenzaron a aparecer “cosas” que jamás habíamos visto, ellos no le temían a la oscuridad, ni dependían de la civilización, ni nada que el hombre hubiera hecho en un momento, ellos se acomodaban en cualquier sitio simplemente a esperar mientras nosotros ingenuamente les aparecíamos enfrente; no teníamos el olfato desarrollado, no éramos buenos cazadores, ni podíamos distinguir entre las sombras los objetos inanimados de los que no lo son, por eso desde el principio mermaron a la población y nos redujeron a unos cuantos que intentábamos llegar a la ciudad, o lo que quedaba de ella porque creíamos que ahí la situación debía estar controlada, de alguna manera tendrían luz.
—Van a venir —nos decíamos jadeantes y la certeza nos paralizaba las piernas acuclilladas. Ya eran las nueve de la noche, la hora en que las bestias se disponían a cazar y esta vez la presa éramos nosotros, cualquiera de los dos, el que no huyera primero o que el miedo a morir lo paralice.
Observo mi cuerpo cenizo y rígido, con el abdomen hundido y el pellejo pegado a los huesos, no puedo correr, si hay que hacerlo no voy a correr…
—Ahí vienen —lo dice en medio de ese grito ahogado, la palabra “corre” está implícita en su miedo y sale despavorido atravesando por esa pequeña hendidura de la puerta desvencijada; antes de la explosión nadie podría haber pasado por un espacio tan reducido, pero ahora se puede, él puede.
Yo no me muevo y no es porque me detenga los latidos de mi corazón intentando salírseme por la boca, porque no lo siento, es esa pesadez que anticipa al sueño lo que me obliga a ver la hendidura como algo difuso y lejano, posiblemente no se dio cuenta que no lo sigo y es seguro que no lo descubra nunca.
Antes de quedarme dormida escucho el alboroto, el golpe de la tierra con cada pisada poderosa de las bestias que buscan acorralarlo de una vez para caerle encima y distingo las suyas, débiles e inseguras, la respiración penosa atravesándole los pulmones como frías cuchillas, anticipándole el dolor que se le avecina: grita, grita mucho y eso que a nosotros nos hacía tanta falta reír.