viernes, 19 de octubre de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
martes, 21 de febrero de 2012
DE VIAJE
No recuerdo cuándo fue la última vez que tomé vacaciones. A estas alturas el destino es lo de menos al igual que la época, por eso estoy en la playa donde la temperatura es adecuada en cualquier día del año.
Confieso que no conté con que podría haber mal tiempo y hace aire, tengo que sostener mi sombrero de palma para no perderlo mientras la ligerísima bata de seda ondea sus colores verde olivo y café, mis favoritos, como lo hace una bandera; la seda es mera vanidad cuando se trata de consentir la piel como una caricia, pero no puede protegerme del frío.
Soy la única. Posiblemente porque el mar está picado y lo agradezco creyéndome parte del paisaje, como una pintura de Monet cuyas pinceladas funden mi castaña cabellera con el cielo y desdibujan mis huellas en la arena. Quisiera haber traído la cámara, pero todo fue tan de improviso que apenas si cargué con las sandalias y los lentes de sol.
Cuando el aire se detiene observo las miles de perforaciones diminutas en la arena y me hinco para comenzar a cavar absolutamente abstraída. Esta quietud es ideal para echar a andar mis pensamientos. —¡Ay, mi sombrero ha salido disparado sin que yo pueda detenerlo! Y cuando intento ponerme en pie un cangrejo agazapado en la arena me ha pillado distraída. Cierra sus pinzas sobre uno de mis dedos. Intento levantarme, apoyarme con la otra mano pero no la puedo mover y grito.
Sus pinzas se clavan en mi dedo, me corta la circulación, siento el palpitar en la falange que se apodera del resto de la mano y sube por el brazo hasta que retumba como tambor dentro de mis oídos, duele, duele tanto.
Lucho, me resisto pero no me puedo soltar y mientras más lo intento el cangrejo sigue presionando, moviéndose como una sierra que cercena mi piel hasta que se apiada y me deja libre envuelta en una oleada de obscuridad y miedo.
Cuando se aleja, golpetea sus pinzas para que recuerde lo que pasó y veo mi mano ensangrentada.
Ya puedo levantarme y con la mirada busco a mi alrededor, olvidaba que estaba sola y la sangre no se detiene, corro al mar para sumergirla en la orilla. Me duele la cabeza, siento náuseas y miedo.
Olvidado aquel episodio bochornoso me decido a disfrutar de mis vacaciones.
La paso de maravilla; a veces quisiera comer pero todo se compensa con mi estancia, inmersa en esta agradable soledad olvido de inmediato que mi estómago me reclama y me pierdo el día entero, mojo mis pies en la orilla pues casi siempre el mar está picado y hago largas caminatas hasta la escollera y devuelvo el camino hasta acabar rendida, entonces me tumbo en la arena y permito que se meta por todo mi cuerpo dándome piquetitos hasta que el viento arrecia y ya no son agradables.
Hoy hace un lindo día, veo un par de gaviotas, vuelan sobre mi cabeza dando vueltas, eligen el mejor lugar donde empinarse y obtener una buena pesca, se apartan, engullen y vuelven a volar. Me siento libre, conectada con la naturaleza, despreocupada.
No sé cómo una de las gaviotas yerra el camino y se precipita sobre mí, pongo las manos sobre la cabeza y su puntiagudo pico se clava varias veces sobre mi mano avivando la herida.
No entiendo cómo es que he tenido tan mala suerte si nunca fui una mujer accidentada ¿Será que es por esta playa tan sola? En lo sucesivo viajaré a otros lugares más transitados.
Esta vez no me envuelve la incertidumbre ni el miedo, sé que hacer, cómo actuar, la herida sanará pronto, para eso está el mar… aún así debo ser cuidadosa y no permitirme semejantes descuidos.
Descanso, he estado asoleándome toda la tarde y mi piel pálida comienza a tomar ese color dorado que tanto me agrada, podría pasar toda la vida así, sin más sonido que el vaivén de las olas cuando revientan en las rocas; no recuerdo haber tenido una paz igual nunca y me dispongo a dormir con el ocaso, mañana no me voy a preocupar por el recibo de la luz vencido o el pago del teléfono, si se quedó la cocina sin asear o si el vecino volvió a estacionar su auto en mi entrada hasta las dos. Hoy voy a dormir a pierna suelta sin soñar en nada.
—¡Despiértate pendeja que ya te cargó la chingada!
La playa desaparece, no así la oscuridad.
—Parece que no le interesas a nadie ¡No pagaron tu rescate!
Me levanta de un jalón, no me puedo apoyar con las manos atadas tras la espalda y mis piernas no responden a la primera después de permanecer tanto tiempo hincada.
Me hace avanzar trastabillando. Huele distinto. A lo lejos escucho la sierra eléctrica que es accionada y me pienso tumbada en el sillón azul y la bata blanca de mi dentista que me asegura que no dolerá nada, como siempre, pero bueno, esa podría haber sido otra buena historia, ahora estoy de viaje, hundiendo los pies en la arena al tiempo que mojo mis dedos “completos” en el agua salada de ese mar cristalino siempre frío; mientras mis captores se refieren a mí como el constante dolor de cabeza.
—¿A dónde van los muertos? —Me pregunta uno de ellos en son de burla.
—Al mar no, te lo aseguro —Le dice el otro doblándome por última vez hacia el frente, pero yo ya estoy lejos, he descubierto un pez enorme de múltiples colores que pasa por el arco de mis piernas y se aleja mientras le sigo.
martes, 14 de febrero de 2012
VUELVE CONMIGO A ITALIA
Te confieso amor que quieres extasiarme con tantos lugares recorridos y yo que no puedo dejar de admirar la forma de tus ojos que se posan sobre los míos; sonríes cuando te lo digo y tu gesto apretado dibuja un puchero sobre tus labios.
Me dices que me quieres y el Coliseo da un giro, pero es el vértigo de tus besos lo que me arranca del piso.
Roma no se hizo en un día y los trece que asignamos se nos extinguen en abrazos.
La noche cae como un manto sobre mi Italia bohemia; no hace frío, solo el fresco suficiente para darles a los enamorados el pretexto para andar abrazados por la larga avenida. A lo lejos, una música me llama y yo me dejo arrastrar por tu mano y sus acordes.
Quiero quedarme suspendida en el tiempo. A mi lado estas tu mi hermoso ángel; mi león dorado que has venido surcando mil mares para estar junto a mí.
Me gustaría recordarnos así. Porque de todas las parejas que se amaron fácil nosotros somos de los que nos tocó, después de todo, un increíble final feliz.
Tú conoces mis pecados, mis debilidades, lo que me quita el sueño y lo que me hace reír. El motivo de cada lágrima que derramo y para quién son los latidos de éste corazón que sin ti, no puede vivir.
Eres la lluvia fresca de todos mis veranos, mi café de las mañanas, el motor que le da a mis piernas la fuerza para irte a buscar.
Colmaste con claveles mis ayeres, me diste tus alas, me adivinas, me sientes.
Que te quiero, es bien sabido; que desde que estamos juntos ya no te digo voy a morir por ti, sino voy a vivir contigo…
jueves, 9 de febrero de 2012
EL SHAMPOO
—¡Ángela!…¡no hay shampoo!
—¡Cómo no va a haber si lo cambié ayer! Mira bien hombre, la botella está en el piso.
—Que no hay, te digo.
—Entonces usa la botellita que trajimos del último viaje, la verde que está junto a la ventana.
—No hay nada.
—¡Cómo no! Mira bien, es la pequeña que trajimos del hotel.
—Que no está te digo.
—¡Horror! Ustedes los hombres no pueden ver nada aunque lo tengan frente a los ojos.
—Entonces encuéntramela.
—No. Estoy leyendo
—¡Ángela…!
—Búscala, ya te dije dónde está.
—Que no la encuentro.
—¡¿Que tiene una que hacer para que la dejen leer en paz?!
—Ángela estoy perdiendo mi agua caliente.
La mujer dobla la punta de la página y deja el libro de mala gana, se calza con las pantuflas aterciopeladas y va arrastrando los pies mientras lo amenaza.
—Si está donde te dije te juro que te la reviento en la cabeza.
—Si mujer lo que digas pero ven ya que me congelo.
Abre la puerta del baño y el vapor le impide por unos segundos mirar con claridad.
Mete la mano a la regadera y a tientas busca junto a la ventana.
—Lo sabía —Le dice asiéndose del pequeño recipiente de inmediato –No sabes buscar.
Se asoma para verle la cara al marido con un gesto de superioridad pero él en lugar de encontrarse compungido le devuelve la misma expresión y Ángela le descubre ocultando su desnudez con la botella nueva de shampoo. Balbucea pero él le sonríe y la toma de la mano haciéndola entrar vestida bajo el cálido chorro.
—Anda mujer que esto se enfría.
martes, 17 de enero de 2012
CUANDO MIS PIERNAS SE HAYA IDO
Me fueron enterrando de a poquitos, de todos modos decía yo, uno nace siempre para morir ¿pero en pedazos? Así no me lo imaginaba.
¿Cómo le iba a explicar a la virgencita milagrosa que este año no iba a subir el cerro para verla como bien se lo había prometido? Si de opinión en opinión se me llenó la pila de años.
Primero se me ennegrecieron los dedos y de éstos el pie, al principio creí que lo tenía, hasta sentía comezón, luego vi como la pantorrilla se salpicaba de tan temibles colores que terminaban por llagar la piel. No bien había pasado el año cuando debían cortar hasta la rodilla y luego ¿Para qué medio muslo? Aún así me empeciné a usar la muleta para todo y a manotear a cualquiera que intentase ayudarme con aquella frasecita: Don Benigno déjese ayudar que para eso lo acompaño.
De las miradas de comprensión pasaron a las compasivas y luego esa muda indiferencia de aquellos que se horrorizaban con el espectáculo porque apenas me venía haciendo a la idea de andar de a brinquitos cuando supe que la pérdida de la otra pierna sería inminente y de tajo, no con aquellos dolorosos miramientos con que mutilaron la primera.
Fueron pocos los que nos acompañaron en este lecho doloroso, los que se dijeron mis amigos, los otros preguntaban a mis hijas cómo la estaba pasando cuando creían que tomaba la siesta y se negaban con pretextos para evitar saludarme ¡qué bueno! Yo no quería tampoco verlos.
Los doctores aseguraron que no había mejor remedio que una silla de ruedas, canijos hombres de ciudad que no saben que el pueblo está enclavado en lo alto del cerro.
Mutilado y todo sigo siendo el hombre de la casa, entonces me arrastro porque estoy decidido a que nadie tenga que lidiar conmigo.
—¿Qué hace papá? —me alcanza a gritar mi chamaca cuando me ve haciendo un esfuerzo patético por alcanzar la pistola y la aparta creyendo hacerle un favor a su pobre viejo que pretende quitarse la vida.
—¡Dámela Carmela, no te metas en esto!
—¡Lo está haciendo parecer como una tragedia cuando en realidad no es nada de eso, a usted nunca le hicieron falta las piernas, si de ningún modo quiso moverse de aquí!
—Nunca lo había considerado porque no sentí necesidad. Uno tiene todo el cuerpo porque todo lo usa y ya, pero Carmela que es tan testaruda como yo me mira con coraje, negándose completamente a que acabemos cualquiera de los dos con mi existencia.
—Entonces reflexiono sus palabras ¿para qué me sirvieron las piernas si jamás quise salir de este pueblo? Es cierto. Oportunidades hubo muchas y yo siempre dije que no, ¿por qué? Simplemente porque no.
—Como cuando mi mujer, hastiada de tanta miseria, me suplicó durante meses que nos fuéramos a la ciudad donde se vivía mejor y luego aquella mañana cuando me dijo llorando que se iba y caminó despacito, despacito por la vereda mientras con el corazón partido la veíamos hacerse como un manchoncito desdibujado ante mis ojos que ya le extrañaban y no salí tras ella corriendo como un desquiciado porque tenía aquellas piernas que parecían amputadas mucho antes de perderlas.
lunes, 9 de enero de 2012
LAS BESTIAS
Nos hacía falta reír, reír mucho. Estábamos encorvados, agazapados en un rincón, apenas iluminados con un tenue halo de luz que se colaba por la puerta metálica desvencijada. El viento jugaba con las hendiduras haciendo aullar la puerta y nosotros tiritando de frío y miedo; desnudos y hambrientos; prófugos de la cordura.
Nos ocultábamos en el hueco de la escalera de una vieja fábrica que tenía “siglos” sin funcionar, como todo lo que se encontraba en el mundo, al menos el mundo que conocíamos, porque después de la explosión ningún aparato volvió a funcionar, dejándonos incomunicados.
La gente comenzó a marcharse, primero en desbandada, luego inconscientemente formaron grupos grandes hasta que descubrieron que era más seguro mantenerse alejados de las multitudes y se formaron las parejas.
Muy pronto comprendimos que “todos” se estaban moviendo, emigrando a quien sabe dónde con la esperanza de escapar de la oscuridad y entre ese grupo comenzaron a aparecer “cosas” que jamás habíamos visto, ellos no le temían a la oscuridad, ni dependían de la civilización, ni nada que el hombre hubiera hecho en un momento, ellos se acomodaban en cualquier sitio simplemente a esperar mientras nosotros ingenuamente les aparecíamos enfrente; no teníamos el olfato desarrollado, no éramos buenos cazadores, ni podíamos distinguir entre las sombras los objetos inanimados de los que no lo son, por eso desde el principio mermaron a la población y nos redujeron a unos cuantos que intentábamos llegar a la ciudad, o lo que quedaba de ella porque creíamos que ahí la situación debía estar controlada, de alguna manera tendrían luz.
—Van a venir —nos decíamos jadeantes y la certeza nos paralizaba las piernas acuclilladas. Ya eran las nueve de la noche, la hora en que las bestias se disponían a cazar y esta vez la presa éramos nosotros, cualquiera de los dos, el que no huyera primero o que el miedo a morir lo paralice.
Observo mi cuerpo cenizo y rígido, con el abdomen hundido y el pellejo pegado a los huesos, no puedo correr, si hay que hacerlo no voy a correr…
—Ahí vienen —lo dice en medio de ese grito ahogado, la palabra “corre” está implícita en su miedo y sale despavorido atravesando por esa pequeña hendidura de la puerta desvencijada; antes de la explosión nadie podría haber pasado por un espacio tan reducido, pero ahora se puede, él puede.
Yo no me muevo y no es porque me detenga los latidos de mi corazón intentando salírseme por la boca, porque no lo siento, es esa pesadez que anticipa al sueño lo que me obliga a ver la hendidura como algo difuso y lejano, posiblemente no se dio cuenta que no lo sigo y es seguro que no lo descubra nunca.
Antes de quedarme dormida escucho el alboroto, el golpe de la tierra con cada pisada poderosa de las bestias que buscan acorralarlo de una vez para caerle encima y distingo las suyas, débiles e inseguras, la respiración penosa atravesándole los pulmones como frías cuchillas, anticipándole el dolor que se le avecina: grita, grita mucho y eso que a nosotros nos hacía tanta falta reír.
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