Llegó a la casa ante la insistencia de mamá y la rotunda negativa de papá que le encontraba inconveniente en el espacio y su bolsillo.
Mamá lo colocó en la sala, entre el sillón y la televisión, desplazándolo constantemente hacia la cocina y la recámara de mi hermano. Ese ir y venir fue la constante de varios años.
Crecimos. Los fines de semana nos rodeábamos de amigos, el espacio en casa de por si reducido disminuía; el comedor se llenaba del rechinido de las sillas, del ruidos de platos, de anécdotas que al mismo tiempo se iban hilando entre las pausas de un bocado. Para entonces, lo dejábamos en el patio hasta que el último de los amigos se había marchado o previniendo el ajetreo, lo metíamos a la cocina en el rincón más lejano para no tropezar con él.
De tanto tenerle se fue mimetizando con los muebles, hasta que el tiempo le hizo estragos. Deterioró su estructura, su forma externa y aunque mamá trató de arreglarlo ya no tenía remedio.
Como ya no nos proporcionaba ningún beneficio, nos acostumbramos a ver por encima hasta que tropezábamos con él y entonces arremetíamos siempre contra mamá.
A papá le tocó la jubilación, los gastos aumentaban, su bolsillo no. Pasaba mucho tiempo en casa sin dormir, había que hacer recortes, ahorrar y deshacerse de él. Sí, era la única solución pero ¿Quién lo iba a querer así? De todos modos el intento se hizo. De más está decir que todos argumentaban la misma respuesta que había dado papá en un principio: no tenían lugar, no había dinero para su mantenimiento ¡Qué carga le había impuesto mamá! Y se acentuaron los distanciamientos entre ellos, de igual forma que los movimientos constantes de un lado para otro dentro de la casa hasta que quedó de fijo en la habitación vacía.
—Era de buena madera —mamá siempre decía— de roble para ser preciso, podía aguantar una vaca encima, importado de Italia, toda una garantía.
Pero se dobló, con el tiempo dio de sí, curvándose en la totalidad de su estructura y hubo que instaurarle un soporte, entonces todos fuimos testigos de cómo se fue desintegrando, perdiendo el color y tamaño hasta que sucumbió…
Como un mueble, un mueble que por viejo fue arrinconado y sentenciado al olvido.
No siempre le tratábamos así, ni le veíamos de esa manera; antes le llamábamos abuelo.


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