viernes, 30 de diciembre de 2011

FELIZ AÑO NUEVO QUERIDA ELENA

—Feliz año nuevo querida Elena... parece que no te estás divirtiendo.
Siempre he detestado esa clase de celebraciones, no porque me molesten, sino porque me entristecen, además, esa noche tenía el antecedente de un divorcio que no lograba olvidar.
—Todo el mundo está contento ¿Por qué no te unes a nuestra celebración y dejas de compadecerte?, pareces una pobre anciana.
¡Diablos! Esa era la manera justa en la que me sentía. Me volví dejando atrás toda la noche que el balcón me ofrecía; adentro en el gran salón la gente bailaba y cantaba, lucían ridículos pero tan felices… y yo, Elena, no pudo más que envidiarlos.
Miré a Eliza con la copa en los labios, ella era como ese buen vino que estaba saboreando: madura, exquisita y yo a su lado me sentí vieja y estúpida.
Tal vez lloré, porque ella me abrazó con la ternura de una amiga.
—Vamos, vamos... cualquier cosa no es tan grave ¿Qué podría hacer para que no te sintieras tan mal?... el año nuevo llegará casi dentro de una hora y nosotras estamos aquí... -alzó los brazos al cielo- ...perdidas en lo efímero de esta última noche.
Creo que ella había bebido de más, al menos eso me pareció al escucharla meditar de esa forma.
—Querida Elena ¿Nunca has pensado en dejar volar la imaginación y hacer cualquier cosa en año nuevo?
La miré interrogante ¿Qué podría ocurrírsele ahora? Eliza no respondió, me tomó del brazo y atravesamos casi corriendo el salón mientras me decía -casi no queda tiempo...
Mi pasado es una sucesión de acontecimientos que marcaron profundas huellas en mi vida; sin embargo, cuando trato de recordar, traerlo a mi mente, las imágenes se presentan atropelladamente, se disputan el primer espacio. Entonces solo me limito a permitirles que lleguen, en el lugar que deseen, pero que lleguen...
Al principio no pude ver nada, ni siquiera mi mano frente al rostro; sentí los movimientos de Eliza; torpes, apresurados. Sus manos tibias desabrochando, casi desgarrando mi ropa.
Besó mis labios, yo me asusté y por eso, tal vez me gustó; porque no podía verla, o porque no quería verla...
El cuerpo humano está dotado de un mecanismo que se enciende al oprimir los botones correctos... mi mecanismo había sido desdeñosamente rechazado tanto tiempo que ahora, en contra de toda mi lógica, comenzaba a funcionar aunque yo no correspondiera con mis labios y mis manos se quedaran aferradas a las sábanas.
Sí, respondía.
No recuerdo nada de lo que ella dijo, ni cómo lo hizo; solo sé que mis puños se fueron soltando y con frustración arañé los cobertores.
En mi mente poco a poco se fue formando una frase.
—Bah! es año nuevo —y me perdí en el abrazo de Eliza, en su perfume y la suavidad de su piel, que era ahora lo que yo arañaba y en los gemidos de las dos cuando empezamos a explotar, al tiempo que las doce campanadas invadían y se mezclaban con nuestro atropellado vaivén.
—Feliz año nuevo querida Elena...

viernes, 23 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD



Recuerdo que cuando niña, me asomaba por la ventana de mi cuarto y podía ver el enorme pino que se erguía en medio del patio; mi padre jovial y amoroso, solía adornarlo para navidad y utilizaba la escalera que guardaban en el desván. Era el momento perfecto, mis padres hacían bromas mientras se pasaban los adornos y aunque me gustaba ayudar, adoraba aún más verlos desde mi ventana fortaleciendo un vínculo que me daba paz.
Lo triste es que eso no duró lo suficiente; papá murió cuando yo tenía diez años y por la magnitud de las deudas, mamá tuvo que vender la casa. El pino se quedó atrás, junto con los juguetes, los juegos infantiles y nuestras Navidades felices, porque entonces no importaba si éramos ricos o pobres, si la ropa que llevábamos puesta era de marca o prestada, lo importante era jugar.
Mamá se volvió sombría y triste; trabajaba y fumaba demasiado, me sonreía cuando me le acercaba, pero de inmediato se enfrascaba en esa máquina de escribir que emitía sonidos quejumbrosos como si le reclamase su rudeza.
¡Qué sola me sentía! ¡Qué triste recordar aquello!
Acabé la escuela con honores. Participé en cuanta actividad se me proponía y terminé con una beca para estudiar en la Universidad con mayor prestigio de la ciudad.
Con el tiempo obtuve un excelente trabajo que me hizo viajar y establecerme lejos.
No tomaba vacaciones, no tenía vida social. El trabajo era mi escape y aunque mamá estaba igualmente sola, inventaba cualquier pretexto para no visitarla.
Las navidades se sucedían una tras otra como las hojas de mi calendario.
Los reconocimientos laborales eran infinitos y muy pronto pude hacerme de una casa cómoda.
—¿Otra vez se va a quedar hasta tarde? —Escuché un día desde el marco de la puerta de mi oficina.
—Como siempre Elena; ya sabes que yo no descanso.
—Pero mañana es navidad.
—¿Y eso qué? Para mi es un día como cualquier otro.
—Tal vez muy cerca esté alguien que la necesita y que, como usted, no se atreve a decirlo.
Me molesté, me puse furiosa. “¡Pero qué atrevimiento!
Dejé que se fuera sin levantar la vista, garabatee algunos números y luego cerré con brusquedad la carpeta. —¡Qué se cree! —me dije— ¡No sabe nada de mi vida y pretende darme consejos! ¡Como si ella fuera exitosa!
Decidí que no podía trabajar más, que con una facilidad impresionante Elena me había venido a arruinar el día y tomé el ascensor.
En el vestíbulo estaban los empleados intercambiando obsequios y abrazos efusivos; al verme intentaron persuadirme para que me quedara con ellos. Les hice señas de que estaba retrasada y abandoné el edificio.
Me recibió un viento helado que se estrelló en mi rostro y mientras ajustaba la gabardina en mi cuello escuché que alguien me llamaba.
Elena me saludaba al pie de un taxi. Curiosos se asomaban tres niños pequeños ataviados con ropas sencillas y al igual que su mamá me sonrieron y dijeron adiós.
Yo tuve una triste sensación, la imagen de esos niños llenos de inocencia me llevaron al pasado, a aquella ventana donde veía a mis padres que se amaban tanto. ¿En qué momento todo tuvo que ser cuestión de dinero?
¿Por qué evadía con tanto fervor a mi madre que nos había sacado adelante de la única manera que sabía hacerlo?...
Caminé hasta un parque cercano y me dejé caer sobre la banca de metal. Las imágenes se desdibujaron con mis lágrimas y me quedé un momento sollozando con la cara entre las manos.
A mi lado, al mismo tiempo que percibí un olor rancio escuché la voz de un hombre que me decía “a veces las cosas no salen como nosotros las esperábamos pero no por eso dejamos de echarle ganas”. Cuando me enderecé ya no estaba. A pocos pasos vi un indigente que caminaba alejándose.
Extraño sí, pero eso no fue lo más raro; al volverme hacia la banca vi el pequeño bulto y una gran emoción me hizo sonreír. ¡Aquel hombre me había dejado un pino!
Esa noche conseguí un vuelo para volver a mi ciudad.
Mamá estaba en casa y secretamente me esperaba, me había esperado siempre.
Nos abrazamos, nos abrazamos tanto...no hicieron falta las palabras, nuestros llantos nos decían cuanta falta nos habíamos hecho y lo increíble que resultaba ahora haber vivido todo este tiempo alejadas una de la otra.
Había pavo en el horno y un regalo con mi nombre en el árbol de navidad, luego todo se dio de manera sencilla y en punto de las doce, con la certeza de que papá estaba ahí, sembramos el pino en su jardín.
Recordar es volver a vivir, vivir es no perder la esperanza y tener esperanza es encontrar el camino para lograr la paz.

lunes, 19 de diciembre de 2011

EL MUEBLE


Llegó a la casa ante la insistencia de mamá y la rotunda negativa de papá que le encontraba inconveniente en el espacio y su bolsillo.
Mamá lo colocó en la sala, entre el sillón y la televisión, desplazándolo constantemente hacia la cocina y la recámara de mi hermano. Ese ir y venir fue la constante de varios años.
Crecimos. Los fines de semana nos rodeábamos de amigos, el espacio en casa de por si reducido disminuía; el comedor se llenaba del rechinido de las sillas, del ruidos de platos, de anécdotas que al mismo tiempo se iban hilando entre las pausas de un bocado. Para entonces, lo dejábamos en el patio hasta que el último de los amigos se había marchado o previniendo el ajetreo, lo metíamos a la cocina en el rincón más lejano para no tropezar con él.
De tanto tenerle se fue mimetizando con los muebles, hasta que el tiempo le hizo estragos. Deterioró su estructura, su forma externa y aunque mamá trató de arreglarlo ya no tenía remedio.
Como ya no nos proporcionaba ningún beneficio, nos acostumbramos a ver por encima hasta que tropezábamos con él y entonces arremetíamos siempre contra mamá.
A papá le tocó la jubilación, los gastos aumentaban, su bolsillo no. Pasaba mucho tiempo en casa sin dormir, había que hacer recortes, ahorrar y deshacerse de él. Sí, era la única solución pero ¿Quién lo iba a querer así? De todos modos el intento se hizo. De más está decir que todos argumentaban la misma respuesta que había dado papá en un principio: no tenían lugar, no había dinero para su mantenimiento ¡Qué carga le había impuesto mamá! Y se acentuaron los distanciamientos entre ellos, de igual forma que los movimientos constantes de un lado para otro dentro de la casa hasta que quedó de fijo en la habitación vacía.
—Era de buena madera —mamá siempre decía— de roble para ser preciso, podía aguantar una vaca encima, importado de Italia, toda una garantía.
Pero se dobló, con el tiempo dio de sí, curvándose en la totalidad de su estructura y hubo que instaurarle un soporte, entonces todos fuimos testigos de cómo se fue desintegrando, perdiendo el color y tamaño hasta que sucumbió…
Como un mueble, un mueble que por viejo fue arrinconado y sentenciado al olvido.
No siempre le tratábamos así, ni le veíamos de esa manera; antes le llamábamos abuelo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

LA NIÑA DE LOS DOS CORAZONES


IMAGE BY MEJ-CHI

Marianita tenía cinco años cuando sintió por primera vez lo que es el desgano.
No quiso pronunciar palabra camino a casa; incluso se sentó frente a su plato y se detuvo la cabeza con la mano observando como se enfriaba el fideo.
—Mamá —se animó a decirme después de los deberes— ¿Yo tengo dos corazones?
—¡Claro que no! —repliqué un tanto sorprendida.
—Pues yo creo que sí... mira aquí.
Y me guió la mano lado derecho del tórax.
—¿Lo sientes? ...¿Verdad que sí?
Quise decirle que no era cierto, explicarle cómo estaba formado su cuerpo; pero sus ojos almendrados me miraban emocionados y le dije que sí.
De inmediato comprendí el error que había cometido. Marianita me tomó de la mano empujándome para que la siguiera.
—Tienes que llevarme al doctor para que me lo saquen.
—¿Por qué? ¿No querías tener dos corazones?
—Ese otro corazón no me sirve, me está enfermando.
Su afirmación me preocupó, era tan pequeña ¿Cómo podía una niña de su edad pensar de esa manera?
—¿Te sientes mal?.. ¿Qué sientes?
—Sí —me dijo con seriedad— me duele, no me deja respirar.
Le toqué la frente.
—Tal vez sea porque estás cansada ¿Jugaste mucho en la escuela?
—No —bajó la vista.
—¿Entonces trabajaron mucho?
Negó con la cabeza sin volverme a mirar.
—¿Te castigaron?
Levanté su barbilla y vi las lágrimas que se le agolpaban.
—¿Te castigaron? —insistí.
Marianita hipó un poco pero lo negó.
—Se me ocurre que un baño es lo que te hace falta y que un rato en la tina caliente te hará sentir mejor.
Sonrió para complacerme y permitió que pasara la esponja por su espalda solo por tranquilizarme.
En la noche me sentí realmente preocupada cuando fui a arroparla y me dijo soñolienta
—No olvides que me tienen que quitar el corazón.
Al día siguiente al volver del colegio fue lo mismo, casi no hablamos, no probó bocado y yo hice de inmediato una cita con el médico.
Antes de que la viera le expliqué al doctor lo que había pasado y coincidimos en que se trataba de algo que le había acontecido en el colegio, pero que no estaba de más un chequeo de rutina.
—A ver Marianita muéstrame dónde te duele —le dijo serio y puso su estetoscopio donde sus manitas le señalaron.
—Pues sí, en efecto, escucho claramente los latidos de tu otro corazón.
—¿Si?- dijo ella asombrada y con emoción.
—Si, no hay duda pero ¿Sabes? no es normal que tengas dos corazones.
—¿Ya ves mamá? Te lo dije.
—Tienes que quedarte hoy, mientras tanto tu mamá tendrá que irse para hacer todos los arreglos para que mañana te lo saquen. Te van a sacar sangre y...
—¡No!- lo interrumpió —mañana no puedo, tengo que ir a la escuela.
El doctor me sonrió complacido.
—¿No quieres que te operen? Tu misma dijiste que no debes tener dos corazones, hay que abrirte la piel para sacarlo.
—No es eso —dijo Marianita asustada pero firme—. Mañana no puedo faltar a la escuela. Tengo que decirle a la mamá de Carlitos que deje de llorar, porque el corazón que estaba buscando yo lo tengo de más.