Siempre he detestado esa clase de celebraciones, no porque me molesten, sino porque me entristecen, además, esa noche tenía el antecedente de un divorcio que no lograba olvidar.
—Todo el mundo está contento ¿Por qué no te unes a nuestra celebración y dejas de compadecerte?, pareces una pobre anciana.
¡Diablos! Esa era la manera justa en la que me sentía. Me volví dejando atrás toda la noche que el balcón me ofrecía; adentro en el gran salón la gente bailaba y cantaba, lucían ridículos pero tan felices… y yo, Elena, no pudo más que envidiarlos.
Miré a Eliza con la copa en los labios, ella era como ese buen vino que estaba saboreando: madura, exquisita y yo a su lado me sentí vieja y estúpida.
Tal vez lloré, porque ella me abrazó con la ternura de una amiga.
—Vamos, vamos... cualquier cosa no es tan grave ¿Qué podría hacer para que no te sintieras tan mal?... el año nuevo llegará casi dentro de una hora y nosotras estamos aquí... -alzó los brazos al cielo- ...perdidas en lo efímero de esta última noche.
Creo que ella había bebido de más, al menos eso me pareció al escucharla meditar de esa forma.
—Querida Elena ¿Nunca has pensado en dejar volar la imaginación y hacer cualquier cosa en año nuevo?
La miré interrogante ¿Qué podría ocurrírsele ahora? Eliza no respondió, me tomó del brazo y atravesamos casi corriendo el salón mientras me decía -casi no queda tiempo...
Mi pasado es una sucesión de acontecimientos que marcaron profundas huellas en mi vida; sin embargo, cuando trato de recordar, traerlo a mi mente, las imágenes se presentan atropelladamente, se disputan el primer espacio. Entonces solo me limito a permitirles que lleguen, en el lugar que deseen, pero que lleguen...
Al principio no pude ver nada, ni siquiera mi mano frente al rostro; sentí los movimientos de Eliza; torpes, apresurados. Sus manos tibias desabrochando, casi desgarrando mi ropa.
Besó mis labios, yo me asusté y por eso, tal vez me gustó; porque no podía verla, o porque no quería verla...
El cuerpo humano está dotado de un mecanismo que se enciende al oprimir los botones correctos... mi mecanismo había sido desdeñosamente rechazado tanto tiempo que ahora, en contra de toda mi lógica, comenzaba a funcionar aunque yo no correspondiera con mis labios y mis manos se quedaran aferradas a las sábanas.
Sí, respondía.
No recuerdo nada de lo que ella dijo, ni cómo lo hizo; solo sé que mis puños se fueron soltando y con frustración arañé los cobertores.
En mi mente poco a poco se fue formando una frase.
—Bah! es año nuevo —y me perdí en el abrazo de Eliza, en su perfume y la suavidad de su piel, que era ahora lo que yo arañaba y en los gemidos de las dos cuando empezamos a explotar, al tiempo que las doce campanadas invadían y se mezclaban con nuestro atropellado vaivén.
—Feliz año nuevo querida Elena...




